No acostumbro leer el periódico porque la mayoría de lo que publican son malas noticias. Pero hoy por casualidad me topé con este artículo en el periódico local. ¡Qué buena historia de éxito! Es para demostrar que si te lo propones y trabajas duro, puedes ser lo que quieras y lograr lo que te propongas.
¡Ánimo!

DE LA ‘PISCA’ A HARVARD

via De la ‘pisca’ a Harvard.

Periódico El Norte

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El neurocirujano mexicano ofrece charla en el Tec sobre su lucha personal como ilegal en EU y su pasión médica

Karen López

Monterrey,  México (13 noviembre 2012).- La mente no tiene límites, asegura.

Por ello, Alfredo Quiñones cambió su pobreza y dio un vuelco a su historia como inmigrante ilegal y piscador de algodón en Estados Unidos, al graduarse como médico neurocirujano en Harvard y dirigir, ahora, el Laboratorio de Tumores Cerebrales del Hospital Johns Hopkins en Baltimore.

A los 44 años y con más de mil cirugías realizadas, su historia de vida prueba aquello que le ha fascinado durante años y a lo que dedica su investigación: los misterios del cerebro humano.

Durante una charla ayer con estudiantes de la carrera de Médico Cirujano en la Sala Mayor de Rectoría del Tec, el también conocido como “Dr. Q” demostró con su ejemplo de vida que la mente puede sobreponerse a cualquier adversidad, sin importar el diagnóstico.

¿Cómo lo logró?, preguntó un joven del público.

“Siempre tuve objetivos pequeños”, contestó. “Cada derrota que he tenido la he tomado como una oportunidad de salir adelante”.

RETOS, NO BARRERAS

Tenía 4 años. Su hermanita Marisela había fallecido por diarrea a los 6 meses y él, a esa edad, empezó a trabajar en una gasolinera. Su papá era alcohólico y su mamá tuvo que sacarlos adelante a él y a sus cuatro hermanos, en un pueblo cerca de Mexicali, Baja California.

Sin embargo, Quiñones recuerda su infancia con alegría, sus sueños de ser astronauta, las enseñanzas de su abuelo, y, ante una foto de entonces, hace bromas sobre su gran cabeza y las riñas con otros chicos.

“Fue una infancia increíble, a pesar de todo. Sí, he sufrido bastante, pero comparado con lo que sufren mis pacientes, no es nada”, comparte.

Luego, emigró a Estados Unidos con su familia en 1987, donde trabajó piscando tomates y algodón, arreglando camiones, siempre en condición de ilegal, hasta que juntó dinero para tomar clases de inglés y luego matricularse en la universidad comunitaria en California.

De ahí ingresó a la carrera de psicología en Berkley, luego medicina en Harvard, y finalmente se especializó en neurocirugía. De nuevo, desafiando todas las posibilidades.

“Muchos jóvenes habían estado en las mejores escuelas, había una diferencia enorme. No tenía el ADN en cuestión de estudios, pero yo nunca competí con ellos, sino conmigo mismo. Pensé: ellos se enfocan en las barreras, para mí son retos, nada más”.

Su pasión por el cerebro humano, que descubrió luego de que un profesor en Harvard lo invitara a presenciar una cirugía de extracción de tumor cerebral, se vio consagrado en su puesto como actual director del Laboratorio de Tumores Cerebrales en el Hospital John Hopkins, en Baltimore.

Ahí investiga el papel benefactor de las células madres en pacientes con cáncer cerebral. Sus estudios, aún en primera fase, son posibles gracias a las donaciones de tejido cerebral de sus propios pacientes.

Su trabajo como neurocirujano e investigador ha dado luz al proceso por el cual las células cancerígenas migran al cerebro.

“La neurocirugía para mí es una oportunidad de dar esperanza. Temo fallar, pero mi esperanza es la esperanza del paciente. Si dejan que mis manos toquen su cerebro, que es el órgano más perfecto y más hermoso, entonces confiarían en encontrar una solución al cáncer”.