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Imagina que vas a hacer un largo viaje a un lugar muy lejano. Es un viaje que has querido hacer toda tu vida. En tu viaje recorrerás varias ciudades, en varios países y tendrás contacto con culturas que siempre has querido conocer. Estarás fuera por 30 días.

Cada ciudad que recorres te maravilla y compras cosas típicas de cada lugar, esperando enseñarlas a tus familiares y amigos cuando regreses con la esperanza que ellos puedan sentir lo que tú viviste, y que te traigan recuerdos a ti de lo que conociste cuando pasen los años. A veces compras curiosidades, otras veces lujos que no puedes encontrar en tu lugar de origen. Vas acumulando cosas, hasta que a la mitad del viaje ya no caben en tu equipaje, así que tienes que comprar más maletas. Pronto tienes tantas maletas que ya no puedes cargarlas tú mismo, y tienes que contratar ayuda en cada lugar que llegas. Cada nueva pieza de equipaje te detiene y te hace el viaje más pesado. Cada vez que te embarcas a una nueva ciudad tienes que pagar exceso de equipaje en el avión, en el autobús y en el tren. En los últimos días del viaje te das cuenta que no habrá manera que cargues con todo lo que ahora tienes, y te gana la angustia.

El problema más grande es que, el país en el que vives no te permite importar cosas de otros lugares, tiene las fronteras cerradas, y tú lo sabías bien antes de partir. Es una regla tonta si gustas, pero siempre ha sido así, y tú ya lo sabías. Solo que llegando allá, todo te llamaba la atención. Eran cosas que nunca habías visto, creíste que te las merecías y querías atesorar recuerdos. Ahora estás en un verdadero lío, sin poder regresar con lo que compraste, sin lugar donde dejarlo, y sin dinero para quedarte más tiempo.

Es solo hasta que regresas a tu país, habiendo tenido que dejar todo lo que compraste en manos de desconocidos, cuando te pones a pensar en lo bien que la pasaste al principio, cuando tenías tiempo para disfrutar lo que ibas conociendo antes de estar ocupado cargando y cuidando lo que tenías. Eras solo tú, tu cámara y tu curiosidad. Las pocas fotos que alcanzaste a tomar son las que verdaderamente te evocan recuerdos tan reales que hasta puedes oler los olores y probar los sabores que experimentaste. También te das cuenta de que no hay manera que tus amigos sientan lo que tu viviste, porque para ellos no son recuerdos, y solo puedes sentir lo que tú mismo vives. Si solo hubieras tomado más fotos, visitado más lugares, intercambiado nombres y direcciones con la gente que ibas conociendo, tus memorias te dirían más y durarían por más tiempo.

De igual forma, vivimos nuestra vida atesorando cosas materiales que no tienen manera de viajar con nosotros en la siguiente parte del viaje. No importa si crees que existe vida después de la vida o no lo crees, de lo que puedes estar seguro es que este mundo no es tu destino final, y que de aquí no te llevas nada. Lo que tienes, mucho o poco, aquí se queda, y cada nueva posesión innecesaria pesa y hace lenta tu vida, y te causa angustia. Y sabes que no te puedes llevar nada, pero sigues acumulando. A veces pensamos que en cada cosa hay un pedazo de nuestra vida, un poco de felicidad, pero no es cierto, la felicidad no está en las cosas, está dentro de tí.

Con esto no quiero decir que abandones todo lo material y que adoptes un estilo de vida de completa austeridad y pobreza. La pregunta es qué tanto realmente necesitas, y la respuesta es mucho menos de lo que crees.
Si trabajas de sol a sol para comprar oro, solo entiende que de nada te sirve que tu barca sea de oro porque no va a poder navegar. Por la vida viaja ligero, que este no es tu destino final, y colecciona solo cosas que no tengan precio.

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