Ayer fue un día como cualquier otro. Para empezar, iba tarde a mi oficina. Afortunadamente no tenía citas ni compromisos temprano, pero iba ocupado ordenando en la mente mis pendientes y mis preocupaciones. Tenía tanto qué hacer que ni prendí el radio para poder concentrarme. Casi nunca recorro esa ruta tan tarde. Parecía que los que saben manejar ya habían pasado, y que solo quedaban los que están aprendiendo a manejar, y ninguno traía prisa. Llegué a un crucero con una avenida muy transitada, y justo al acercarme a la esquina me tocó la luz verde del semáforo. Estaba a punto de acelerar cuando vi a una mujer de edad avanzada tratando de cruzar la calle por la que yo iba. Estuvo rarísimo, porque juro que me vio a los ojos, y no sé porqué pero me detuve para dejarla cruzar, a pesar de ser una calle transitada y sabiendo que me podían chocar por atrás. Caminó más lento de lo normal y me desesperé. Me  dije a mi mismo  “más lento si gusta señora”, con cara de exasperación, y justo cuando iba a la mitad de la calle pasó un camión urbano volado frente a mí, cargado de gente, volándose por completo su semáforo en rojo. Muchos pudieron haber muerto ayer, porque el camión iba repleto. De lo que sí estoy seguro es que al menos uno no la libraba. Yo. Si no me he parado para que la señora cruzara la calle, no estaría escribiendo esto.

Cuando pasas por una situación estresante, tu cuerpo suelta un disparo de adrenalina, que te acelera el corazón, alerta tu mente y te da una fuerza insospechable. Esta vez ni siquiera me pasó eso, porque no estuve involucrado en un choque, ni vi uno, ni pasó nada. Todo fue tan rápido y yo venía distraído, que hasta pude no haberme dado cuenta de lo cerca que estuve. No es la primera vez que me pasa, cuando era jóven casi me arrolla un tren, pero gracias al tarado (así parecía entonces) del carro de enfrente que me estorbaba, me salvé por centímetros.

Y me pregunto, cuántas veces nos pasamos la vida diciendo que no tenemos suerte. Por ejemplo, yo nunca gano ninguna rifa, nada se me ha dado regalado, no soy el mejor en nada. La gente siempre se queja porque no se le ha dado lo que quiere, pero nunca agradece que no se le dé lo que no quiere. Después de mi pequeño y rápido episodio, mis problemas del día se volvieron literlamnete pequeños. Ya no importaba si los resolvía ayer mismo o no. Me imagino que una cosa tan pequeña como un accidente que ni siquiera sucedió, puede cambiar la perspectiva de la vida. Ahora me quedo pensnado si la mujer realmente me vio a los ojos o si fue mi imaginación. No cabe duda que las decisiones de Dios son misteriosas, pero siempre a nuestro favor.

Casi todos los días me levnato dando gracias de lo que se me ha dado. Hoy cambié, y empecé por agradecer las cosas que nunca se me dieron.